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VENID A MÍ 

Hoy celebramos el poder curativo y sanador de la Palabra. Acercarnos al Sagrado Corazón de Jesús es el privilegio de experimentar el regalo de su amor expresado en ese corazón espinado, ardiente, que salva y renueva a la humanidad entera. Recibir unas palabras que iluminan, que devuelven la vida en muchos momentos donde nos vemos exhaustos, cansados y agobiados por lo que supone responder a tantas exigencias que la vida nos presenta. Nuestros agobios y cansancios no necesitan ser muy explicados, los vivimos diariamente y convivimos con esa carga que tanto arrastramos y ralentiza nuestra alegría y nuestro ánimo. Por eso la oferta de Jesús es tan interesante, nos ofrece cambiar el agobio por la vivencia ligera y alegre del tiempo. Detenernos y aquietarnos es el camino de la pacificación. Aceptar la realidad que cada uno tenemos delante. Dejar que todo empiece a hablarnos de otro modo. Pasar de la exigencia, del querer que todo se adecúe a nuestro gusto o interés y pasar a un modo de vida acogedor y apreciativo.

Mientras no estemos silenciados nuestra mente y el ruido interior nos ensordece con su continuo discurrir y discutir. Nuestra mente y nuestro corazón no deja de demandar, de querer, de desear vivir lo que muchas veces no es posible. Su voz que monologa permanentemente la conocemos: elaboraciones y reelaboraciones inacabables, incesantes recuerdos e interpretaciones de nuestros choques con la realidad -heridas dispares, algunas que acaban desapareciendo y otras que van infectándose y haciéndose más profundas- que nos llevan a comprensiones fragmentarias y a exiguas estrategias para sobrevivir. No somos conscientes del ruido permanente que distorsiona nuestro escuchar y nuestro ver ni hasta qué punto deforma nuestro modo de percibir. Permanecemos con rumores y ruidos que provienen de necesidades y carencias tan antiguas y arraigadas que no sabemos identificar ni vivir sin ellas. Solo somos capaces de ver y oír lo que nos llega a través de nuestras estrechas rendijas y gruesos vendajes.

Se nos escapa lo esencial. Nada nos pertenece y, sin embargo, estamos continuamente reteniendo, poseyendo, y esto genera una tensión y un barullo interno persistentes, como dice Jesús agobio y cansancio. El Sagrado Corazón de Jesús nos enseña a agradecer, que viene del latín ad-gratus-ecer, que significa «acto de reconocer el don», el inmerecimiento de lo recibido. Al despegarnos del suelo nos convertimos en altivos conquistadores, en lugar de humildarnos, de regresar al humus de la tierra que está esperando para germinar. El Sagrado Corazón nos enseña a ser humildes para hacernos tierra fértil, fecundar la vida de los demás dándoles lugar, dejándoles espacio, generando nuevos territorios en los que cada cual pueda llegar a ser “sagrados”, como el corazón de Jesús.