Hoy tenemos por delante el mismo Evangelio de ayer. En este momento no sé por qué, podría mirarlo en algún rincón de información litúrgica, pero voy a lanzar una moneda al aire sabiendo que caerá por el lado equivocado. La Iglesia propone la misma lectura de Jesús como la puerta de las ovejas, porque no es normal que un ser humano, y mucho menos el hombre que es el mismo Dios, se compare con un objeto inanimado, tan serio y tan firme como una puerta. Es como si la Iglesia nos lo quisiera decir dos veces seguidas. En ocasiones una puerta es un objeto ilustre. Estuve hace poco en el pueblo de Robledo de Chavela, y la puerta del pueblo es un enigma que roza los misterios de Piranesi. Desde el siglo XVII, su madera muestra un zigzag de arriba abajo en el que las cruces talladas aparecen y se ocultan al tiempo, debido a un fenómeno óptico inigualable. Es decir, el espectador a veces ve cruces y a veces listones de madera. Una cosa insondable. Pero una puerta tiene varios significados. Puede ser un muro de contención, una privación de paso, un hasta aquí puedes llegar, el final del hogar, la frontera. El lujo de sorpresa que nos propone el Señor en el Evangelio de hoy, es que dice que él es una puerta batiente, como esas del antiguo oeste en el que John Wayne entra en el Saloon (porque con esa doble “o” aparecía en la tipografía de las películas). El que entra y el que sale tienen fácil acceso. El forastero ya no lo es tanto, porque de repente con el batiente ya está dentro, y el que está por salir con su bebida, ya está fuera. El Señor nos quiere decir: yo no soy una frontera, “quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir, y encontrará pastos”. No sé cuál es el grado de emoción de quien me lee cuando ha llegado ante esta frase, pero es la mejor definición de libertad que he oído en mi vida. Después de “yo soy la verdad, y la verdad os hará libre”, viene inmediatamente el ejemplo de la puerta, “Yo ofrezco pastos. Entrad. Salid”. La oveja sabe lo que quiere, se lo dice ese instinto que lleva escondido bajo su lana. Lo que busca la oveja es satisfacer la propia hambre. Así, el Señor sabe lo que quiere nuestro corazón, y su oferta satisface eso que llevamos bajo nuestra piel tan frágil: sentirnos queridos, dar nuestro tiempo, comprender que amar y ser amado es nuestro alimento, que sólo con cumplir nos atocinamos y se nos queda el alma a medias, que buscamos la entrega de por vida para saciar nuestra sed de absoluto… Estoy leyendo a Hugo Mujica, un sacerdote poeta que dice las cosas muy bien. Leo un poemario sobre el acto de creación. Estoy en el apartado denominado “Lo abierto”. “Lo abierto es abierto, no reteniéndose a sí”, dice. El campo que el Señor nos pone por delante para que entremos y salgamos con libertad, es lo contrario a la retención, a lo mío, al abrevadero de lo propio. Es “el lenguaje de la entrega, un decir sin por qué”. Es no fijarse en mí, es todo eso gratuito que vemos en el polen y en los insectos pequeños. Es demasiado hermoso asistir a este descubrimiento de un Dios que ha querido ser una puerta que se abre y se cierra, porque los niños entienden las puertas para pasar a través de ellas sin complicados mecanismos. La puerta da a lugares donde se está bien, y ya digo, los niños lo saben. El enamorado puede decir al corazón palpitante de su enamorada que se siente como un jarro de loza, que la presencia de ella pone sus nervios a prueba y la loza puede caer al suelo. El amor comparado a un jarro de loza frágil. He aquí otro ejemplo de ser humano como objeto. Pero con la puerta, el Señor se propone al mundo entero, quiere que pasen todos por Él, no dos, ni tres. Quiere que el mundo se salve por Él, y abrirá la puerta hasta que todos los niños del mundo hayan entrado para jugar en el prado y vean volar todos los pájaros.
