Jesús quería que sus discípulos le entendieran bien. Mucha gente admiraba a Jesús, pero no porque descubrieran en él al Mesías, al Hijo de Dios, al dador de Vida Eterna, sino porque se beneficiaban de sus milagros, de la multiplicación de los panes, de los peces, de las curaciones de ciegos, de leprosos, de paralíticos. Otros, los enemigos, lo calumniaban. Le llamaron endemoniado, loco, borracho, comilón, amigo de pecadores y publicanos. El mismo Juan el Bautista tenía sus dudas y sus incertezas acerca de la identidad de Jesús. «Los discípulos de Juan le contaron todo esto. Y Juan, llamando a dos de sus discípulos, los envió al Señor diciendo: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?». Los hombres se presentaron ante él y le dijeron: «Juan el Bautista nos ha mandado a ti para decirte: “¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?”». En aquella hora curó a muchos de enfermedades, achaques y malos espíritus, y a muchos ciegos les otorgó la vista. Y respondiendo, les dijo: «Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. Y ¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!» (Lc 7,18-23).
La respuesta de Pedro alegra el corazón de Jesús. Porque se da cuenta de que no le valoran por sus beneficios o por el interés, sino porque han recibido el don y el regalo de la fe. Pedro es uno de los protagonistas que más interactuó con Jesús, aparece no menos de ciento treinta veces con todas sus denominaciones, al que puso como “piedra” sobre la que edificar su Iglesia (cf. Mt 16,13-20). Poco después le llamó Satanás y le llamó piedra de escándalo (cf. Mt 16,23). Simón Pedro era hermano de Andrés e hijo de Jonás, pescador en el lago de Genesaret (Mt 4,18; Mc 1,16; Lc 5,3). La llamada que le dirigió Jesús hacía referencia a su profesión, que a partir de ahora tendría una dimensión trascendente: “pescador de hombres”. El mar sería el mundo; sus redes, la Palabra; su pesca, los hombres. Pedro era natural de Betsaida, a las orillas del lago de Tiberíades, pero pasó a vivir a Cafarnaúm con su familia (Mt 8,14; Lc 4,38). Pedro es el impulsivo amigo de Jesús, que le prestó su barca para que iniciara su predicación pública y la gente no pudiera aplastarlo. Y que después de recoger las redes repletas de peces, tras el milagro de la pesca milagrosa, se arrodilla delante de Jesús reconociéndose profundamente pecador. Es importante recordar que fue Jesús el maestro el que llamó a Pedro y no al revés. En la época de Jesús los discípulos elegían con qué maestro querían estudiar. Por eso sorprende que la iniciativa es de Jesús. Como con nuestras vidas. «Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores.
Jesús llama a Pedro precisamente porque vio que trabajaba bien con sus redes, sin enredarse: no estaba agitado por el rendimiento, disfrutaba con lo que hacía, esmerándose en hacerlo lo mejor posible. Jesús llama a pescadores, a trabajadores manuales y gente ordinaria, no a personas religiosas o intelectuales muy preparados. La misión siempre está relacionada con los talentos naturales de cada cual (el oficio, la profesión, el carácter, la personalidad), aunque profundiza a partir de esos talentos para llevarlos a plenitud. El gran dolor de Pedro tiene que ver con ver sus expectativas sobre Jesús defraudadas. Pedro pensaba en un Mesías que los libraría del yugo romano, y lo que vio fue un hombre sumiso, débil, que no se defiende. Pero fue la misericordia y el perdón que Jesús le brindó después de las negaciones, lo que forjó un amor que le llevó a dar la vida por Cristo.
