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Acogerse y saborearse 

En la primera lectura se nos invita a descubrir que la Palabra de Dios no solo debe leerse, sino acogerse y saborearse, como hizo el profeta Ezequiel, para que transforme la vida del creyente y pueda ser anunciada con autenticidad. Desde esa experiencia de contemplación, silencio y escucha nace una mirada nueva sobre la realidad, capaz de reconocer a Dios en todas las cosas y de comprometerse en la construcción de su Reino. El Evangelio completa este mensaje al mostrar que la verdadera grandeza se encuentra en la pequeñez y en la atención a las personas más vulnerables. Jesús sitúa en el centro a quienes sufren pobreza, exclusión, enfermedad, migración o soledad, recordando que toda persona posee una dignidad inviolable. La parábola de la oveja perdida revela, además, que Dios no abandona a nadie y busca especialmente a quienes el mundo olvida. En consecuencia, la vida cristiana está llamada a traducirse en gestos concretos de acogida, acompañamiento y defensa de los derechos de los más frágiles, haciendo visible el Reino de Dios mediante una fe que une contemplación, anuncio y compromiso con la dignidad de toda persona.

De una manera eminente santa Clara de Asís supo contemplar la grandeza de la vida como un regalo y descubrió en ella una fuente de alegría profunda. Su espiritualidad franciscana la llevó a valorar la pobreza como camino de libertad, confianza en la Providencia y generosidad, no como carencia o miseria. Junto a sus hermanas eligió una vida sencilla basada en el amor y el desprendimiento. Clara encontró en Dios su mayor riqueza y vivió la Eucaristía como el centro de su existencia. Liberada de todo aquello que la alejaba de Cristo, pudo experimentar su belleza y dejarse transformar por Él. Su vida sigue siendo testimonio de una fe capaz de descubrir la presencia de Dios en lo esencial.