Hoy segundo domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, fiesta que San Juan Pablo II quiso tanto y partió hacia la patria definitiva en su víspera. Muchas veces les digo en los cursillos prematrimoniales a los novios que la misericordia es fundamental, y que la palabra misericordia viene de otras dos: las miserias y el cardiólogo. Amar de corazón nuestras miserias y las del otro. Ninguno de nosotros somos perfectos ni lo seremos en esta vida, lucha contra el pecado, pero no te asombres de tus miserias.
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio…
Ayer hablábamos de la fe. Jesús no se escandaliza de la falta de fe de Tomás, pero le pone remedio. Vuelve a aparecerse y de dirige a Tomás: “Trae tu dedo, trae tu mano”. Cuando Tomás mostraba al resto de los Apóstoles la miseria de su incredulidad Jesús estaba a su lado, escuchando sus argumentos de falta de fe.
Cuando a veces nos preguntamos ¿Dónde está Dios? Resulta que Dios está a tu lado, escuchándote, consolándote, sosteniéndote.
No tenemos un Dios que nos rechace por nuestras miserias, que nos de la espalda por nuestros pecados. Somos nosotros los que podemos negar a Dios, pero Dios nunca nos negará. Mientras estamos en esta vida la misericordia de Dios viene una y otra vez a nuestro encuentro. Muchas veces dicen que Dios es injusto, y es verdad, no es justo que nos quiera tanto cuando tantas veces nosotros le queremos tan poco.
“¡Señor mío y Dios mío!” Si nos diéramos cuenta de lo que decimos con estas palabras temblaríamos.
La Virgen nos enseña a responder con perfección a ese amor de Dios, aprendamos de ella.
