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Servir como actitud vital 

El Evangelio de hoy tiene algo muy humano. Jesús acaba de anunciar su pasión: les habla de sufrimiento, de rechazo, de muerte. Y justo después, Santiago y Juan le salen con otra preocupación completamente distinta: quieren los mejores puestos. Podría parecer hasta cómico, si no fuera porque nos pasa continuamente. Jesús hablando de entrega… y nosotros pensando en reconocimiento. Jesús hablando de dar la vida… y nosotros calculando quién queda por encima de quién.

Los discípulos están subiendo hacia Jerusalén. Y el Evangelio dice algo importante: tenían miedo. Intuían que seguir a Jesús no iba a terminar en éxito fácil ni en aplausos. Y quizá precisamente por eso Santiago y Juan buscan asegurarse un lugar de poder. Como hacemos tantas veces nosotros cuando sentimos inseguridad: buscar destacar, controlar, quedar por delante. Pero Jesús les desmonta la lógica. En su Reino, la grandeza no funciona como en el mundo.

“No será así entre vosotros”.

Es una frase brutal. Porque Jesús no solo critica la forma de mandar de los poderosos; propone una manera completamente distinta de vivir: el que quiera ser grande, que sirva. El que quiera ser primero, que se haga esclavo de todos. Y esto no es teoría. Jesús no pide nada que Él no vaya a hacer antes. Va delante de ellos camino de Jerusalén. Va delante también en el servicio, en la entrega, en el amor llevado hasta el extremo.

A veces confundimos seguir a Cristo con buscar una vida donde todo salga bien, donde se nos reconozca, donde tengamos cierto “éxito espiritual”. Pero el Evangelio de hoy recuerda que el cristiano no está llamado a ocupar los mejores puestos, sino a amar mejor. Y eso empieza muchas veces en lo pequeño: servir sin que se note, escuchar aunque canse, ayudar sin esperar aplausos, sostener a otros cuando nadie lo ve.

Ahí se parece uno más a Jesús. Porque Él “no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida por muchos”.