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TENGO SED 

El viernes santo nos sitúa de frente a la experiencia de ser seres limitados. La cruz es el símbolo físico que nos recuerda permanentemente que nuestra vida es dada, que la recibimos de otro. No somos los autores del regalo que somos. Nos lo ha hecho otro, y ese regalo es limitado. Jesús el Viernes Santo nos muestra voluntariamente una manera nueva de afrontar los límites. La acogida voluntaria de las circunstancias que le rodean, y la creatividad activa para no ser un pobre resignado paralizado por el miedo. No vive Jesús la indefensión aprendida. Sino la victoria del amor sobre la muerte. “A mí nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente” Jn 10,18.

Es central esta revelación de Jesús para que nosotros de forma activa también elijamos la forma de vivir las circunstancias que nos son dadas. Una forma de vivir los límites es el lamento. El quejarme, el rechazar lo que soy, lo que vivo, lo que me rodea. Pero el lamento nos hace mirar la realidad de una forma despectiva. Es una total falta de fe y de confianza en el amor de nuestro Dios. Es tener una soberbia tan grande que yo corrijo la obra de Dios. Yo tengo decidido qué es lo que yo tendría que vivir en vez de agradecer profundamente todo el don que me rodea. Otra forma es la evasión, el egoísmo, el individualismo que nos hace dejar de soñar a lo grande. Y nos conformamos con los sucedáneos de la vida. Pensamos que la vida abundante no existe, lo que existe es ir como un ave carroñera ir peleando pequeños espacios de gozo en medio de una vida hostil. Migajas de vida por ir por nuestros caminos caprichosos en vez de recibir la abundancia de gracia que nos tiene reservada nuestro Dios. Jesús asume todas las desobediencias de la humanidad, todas sus aspiraciones de grandeza, todo su pecado. Todo el robo, la mentira, la violencia, las injusticas, y los carga sobre sus hombros. Y en esa experiencia de vacío, de soledad, de experimentar de forma extrema los limites y la maldad de lo humano decide no huir, sino amar. El triunfo de Jesús sobre la muerte fue su decisión en Getsemaní de no huir, sino de confirmar su amor por los hombres.

Nuestra única manera de cargar la cruz es vivirla de cerca con Jesús y experimentar de una manera clara como su presencia anima nuestra entrega. La adoración de la cruz es descubrir el amor y la confianza que esconde la entrega voluntaria de Jesús. Si pasa el cáliz amargo sin ser bebido, si no coges de cruz, la confianza la seguimos depositando en nuestras propias fuerzas. El desapego de esa dependencia respecto a nosotros mismos sólo somos capaces de darlo cuando tocamos fondo y nos decepcionamos de nosotros mismos. Solo ahí se da el paso consciente a confiar en otro. Que Jesús nos enseñe a vivir el regalo de confiarse totalmente en las manos de Dios. “A tus manos encomiendo mi espíritu”.