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Dadles vosotros de comer 

El Evangelio de hoy comienza con un detalle que fácilmente puede pasarnos desapercibido. Jesús acaba de enterarse de la muerte de Juan el Bautista, su amigo y precursor. Necesita estar solo. Necesita silencio. Se marcha a un lugar apartado para orar y vivir ese momento de dolor.

Pero la gente lo sigue. Y cuando desembarca, no se enfada ni les reprocha haber roto su descanso. El Evangelio dice algo precioso: “vio una multitud, se compadeció de ella”.

La compasión de Jesús siempre es concreta. No se queda en un sentimiento. Cura a los enfermos, escucha a quienes lo buscan y, cuando llega la tarde, también se preocupa de que nadie pase hambre.

Los discípulos hacen un cálculo muy razonable: “Despídelos para que se compren comida”. Humanamente, no hay solución. Son miles de personas y ellos solo tienen cinco panes y dos peces.

Pero Jesús les responde con una frase que sigue resonando hoy: “Dadles vosotros de comer”.

Es una invitación a dejar de mirar solo lo que nos falta y empezar a poner en sus manos lo poco que tenemos. Los discípulos ven escasez; Jesús ve una oportunidad para que Dios actúe.

Muchas veces nos ocurre igual. Pensamos que tenemos poco tiempo, pocas fuerzas, pocos recursos o pocas capacidades para ayudar a los demás. Y quizá sea verdad. Pero el milagro no empieza cuando tenemos mucho, sino cuando somos capaces de ofrecer con generosidad lo poco que tenemos.

Jesús toma esos cinco panes y dos peces, da gracias al Padre, los parte y los entrega. Es un gesto que anticipa la Eucaristía. Él mismo será el Pan partido para la vida del mundo. Y desde entonces sigue alimentándonos para que también nosotros aprendamos a alimentar a otros con nuestra entrega.

El Evangelio termina diciendo que todos comieron hasta saciarse y que todavía sobraron doce cestos. Así actúa Dios: cuando ponemos nuestra pobreza en sus manos, su gracia siempre es más abundante que nuestros cálculos.

Quizá hoy el Señor nos pregunte: ¿qué cinco panes y dos peces puedes ofrecerle tú? Tal vez parezcan poca cosa. Pero, en las manos de Dios, pueden convertirse en alimento para muchos.