No somos tan originales. A veces nos damos el pisto de creernos originales o diferentes y no es verdad. Es bonito caer en la cuenta de la imposibilidad de la novedad permanente. El ser humano repite, y repite hasta la saciedad. ¿Alguno de vosotros ha visto cuadros de Morandi? Yo tuve la suerte de ver casi toda su obra en la Academia de Bellas Artes de Bolonia. Morandi decía siempre lo mismo, sus naturalezas muertas eran las mismas botellas. Cambiaba la luz, un poco la perspectiva, y entonces aparecía otro cuadro. Morandi sabía cómo subrayar un matiz, ahí estaba su secreto. Vivaldi repetía melodías en sus partituras. Sus críticos más depredadores decían que el cura compositor sólo realizó en su vida una obra, y después un millón de variaciones. Quizá no estuvieron tan desencaminados, ya que la vida también es así, una repetición, una variación permanente de una búsqueda de plenitud, una única búsqueda que quiere saber por dónde hay que moverse. Recordaba ayer a unos amigos que San Agustín decía en sus Confesiones que el hombre se comporta como el niño. Cuanto hace de pequeño con las almendras y las aceitunas lo repetirá de adulto con sus negocios, en los trueques, en los ajustes de las cuentas, porque allí habrá buenas o malas artes, las mismas de la infancia. Ay, la vanidad, cuánto nos cuesta despegárnosla. Es como un neurótico que vuelve una y otra vez a su obsesión. La vanidad nos engaña y nos grita que valemos más de lo que piensa el corifeo de amigos que nos rodea. Pero es mentira. Sólo valemos por cómo nos tasa quien nos ama. Es Dios quien nos hace valer debido a su ternura infinita. Nadie sabe mirar tanto, nadie sabe mirar así, nadie sabe mirar tan lejos. Hoy vemos al Señor inclinado sobre los pies de los discípulos en el lavatorio de la Última Cena, en mitad de aquella noche de revelaciones. Y deja en el aire una frase para la posteridad. La resumiré así, “dichosos vosotros si ponéis en práctica el servicio”. La batalla contra la vanidad se gana en el territorio del servicio. Porque el servicio hace perder la noción del yo. No importa qué haga o quién me vea, sino a quién sirvo. Muchas veces he hablado con voluntarios del hospital sobre lo difícil que es dar un pedazo de uno mismo a los demás, me refiero a un pedazo verdadero, porque todo lleva una mezclilla de orgullo que deja su marca de agua. El otro día recé delante de un muerto. Me dijeron que estaría vivo, pero cuando llegué estaba solo y ya no estaba allí, ni los familiares lo rodeaban. Dicen que nacemos y morimos solos. No es verdad. Nacemos entre las emociones de quienes nos quieren desde el principio, y al morir rara vez nos abandonan quienes nos acompañaron. Pero aquel muerto era un muerto en soledad. Se llamaba Antonio, aunque Antonio ya no estuviera allí. Y le hablé a Dios de él. Sin conocerle. Le dije que tuviera en cuenta todos sus pensamientos de la infancia, sus deseos, su primer amor. Da miedo no ver respirar a un ser humano. Pero yo seguía haciendo recuento de una vida que tenía que inventarme para que no se terminara de marchar como hace la planta que se marchita. Le dije a Dios que pusiera su mano suave sobre los momentos en que Antonio amó de cerca, cuando hizo reír a un niño, cuando fue franco, cuando se tragó sus burlas hacia los demás. Y supe que en aquel momento yo no podía tener vanidad, estaba lavando los pies a un desconocido, sirviendo a quien ya no estaba, poniendo mi atención en un muerto. Recé un padrenuestro despacio, como si tuviera que esperar a que Antonio siguiera mis palabras. Y era verdad aquello, “dichoso el que sirve…” Repetir una y mil veces el gesto del servicio, ahí están todos los secretos, en las mil variaciones del servicio. Como en un cuadro de Morandi.
