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Domingo III de Cuaresma – Ciclo A 

Una característica del itinerario cuaresmal está vinculado al proceso de preparación de los catecúmenos para recibir el sacramento del bautismo en la gran vigilia pascual, la celebración más importante del año litúrgico, manifestación de la victoria de Jesús sobre el pecado y sobre la muerte, y origen de la vida divina que nos es comunicada a todos por el bautismo.

Precisamente es el protagonista de este domingo: el simbolismo del agua adquiere con Cristo una profundidad inimaginable, apoteósica. Mediante las aguas bautismales adquirimos la vida sobrenatural. Quizá hayamos escuchado muchas veces esta expresión, pero últimamente estoy repitiendo cual cacatúa una idea que me parece que ayuda a comprender más las dimensiones del asunto.

Compartimos con el resto de la creación una vida natural. En ella, se desarrolla el eterno proceso de concepción, desarrollo y extinción. Dicho de otro modo: la vida natural tiene fecha de caducidad, tiene obsolescencia programada. No es pactable: la muerte nos espera y cada día que pasa, nos acerca a ese momento. Si eres de los que huyen de tal verdad, sería bueno que resetearas para sentarte en el rincón de pensar.

Hablar así de claro sólo es posible porque en realidad es muy buena noticia, porque un cristiano guarda el mayor de los tesoros: tiene otra vida. Aunque la vida natural se extinga con la muerte, tenemos otra vida. Y ésta es sobrenatural. Si la vida natural tiene principio y final -en mi parroquia tenemos columbarios y esas son las dos fechas que aparecen: nacimiento y muerte-, la vida sobrenatural gana por goleada, pues sólo tiene inicio y no tiene final.

Vaya eficacia la fuente de agua viva, que es Cristo, en el sacramento del bautismo. Por un lado, lava nuestros pecados, como a la samaritana, pero por otro, nos cristifica, nos injerta en el mismo Cristo. Sólo así podemos vivir eternamente.

El Señor dio migrante pueblo de Israel agua que brotó de la roca. Lejos de ser algo inerme, hay que ponerlo en mayúsculas, porque es alguien: Cristo es la Roca, de cuyo costado abierto brotó el agua viva que le dio a beber a la samaritana.

¡Ojalá escuchemos hoy la voz del Señor y no olvidemos sus obras, que tenemos delante en los sacramentos, en la Escritura y en el testimonio de los santos!