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Jueves de la II semana de Cuaresma 

Hemos visto estos días anteriores el espíritu de servicio. Ahora, vemos el desprendimiento. Lo enseña el Maestro con una parábola en la que, además, revela cuestiones escatológicas sobre las que conviene preguntarse, pues las inquietudes sobre el cielo y el infierno conciernen a todos —por la cuenta que nos trae—.

El desprendimiento de los bienes materiales produce en nosotros la libertad propia que exige la vida cristiana: una entrega total a Dios y a los demás. Fruto de esa virtud del desprendimiento, aprendemos a valorar y usar los bienes materiales en la medida en que sirven para el desarrollo de la vida humana y construye de algún modo el bien común, no sólo el personal.

Las Misioneras de la caridad pueden tener como propio lo que cabe en una caja de zapatos. Esa vocación no es la de la mayoría del pueblo de Dios, sólo la de unos pocos que reciben esa llamada para vivir según una regla de vida que la Iglesia reconoce como camino de santidad. Pero aunque el modo de vida propio de una hija de santa Teresa de Calcuta no sea el propio para todos los cristianos, el espíritu con el que se vive, sí lo es.

Cada cual, según su estado y posición, tendrá más o menos bienes que administrar o que disfrutar. Pero cómo me apego a ellos es el meollo de la cuestión. El rico Epulón acaba friéndose en el infierno no porque fuera rico, sino porque era avaro, no quiso hacer el bien con esos bienes. No es el bien material lo que condena a nadie: es el desorden que provoca un apego incorrecto, que me lleva a ser poseído por las cosas, y no a ser yo el señor de ellas. Y así se produce la ceguera que puede llevar a realizar atrocidades como la de la parábola.

La gran posesión de un cristiano es Jesús. Por eso, el resto de posesiones, las ordena a ese bien máximo, del que no desea separarse. Hay quien recibe el Señor la vocación de abandonar esos bienes, pero para la mayoría de fieles cristianos, el desprendimiento lo vivimos no apegándonos a lo que tenemos. Ahora bien, como esta virtud es árdua de conseguir dada nuestra tendencia a vivir en el horizonte plano de la tierra, por esa razón viene siempre bien hacer gestos de desprendimiento para darle un tortazo a la esclavitud del apego desordenado. Renunciar a una cosa material te hace más libre.